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Ingenieros ilustres

Serafín Baroja Zubiri

24/02/2014

 Serafín Baroja Zubiri nació en la actual Plaza de la Constitución de la Parte Vieja donostiarra el 22 de setiembre de 1840 y murió el 16 de julio de 1912 en la casa Itzea de Bera (Nafarroa). La familia Baroja tenía la imprenta familiar (Casa Baroja) en el mismo edificio en el que residían, y en ella se publicaron, junto a numerosos textos para la difusión de ideas liberales, algunos clásicos vascos (principalmente guipuzcoanos) como Iztueta, Iturriaga, Zabala o Lardizabal. 

Si bien en la familia Baroja el personaje más conocido ha sido Pío Baroja, el escritor, su padre Serafín tuvo también una personalidad destacada que merece ser recordada. Serafín Baroja Zubiri, el patriarca de los Baroja, fue un hombre original e incansable. Dueño de un cerebro inquieto y de un corazón pródigo en pasiones, es probable que no se aburriese nunca. Vivió setenta y dos años, y tuvo tiempo de ser ingeniero de minas, músico, poeta, compositor, escritor, corresponsal de guerra, etnólogo aficionado, dibujante, políglota, estudioso del euskera y de la historia de San Sebastián, activista liberal y un par de centenares más de cosas hermosas y algo inservibles.

Su hijo Pío le definió del siguiente modo: «Mi padre era hombre alegre y bondadoso, muy preocupado de la opinión de sus antiguos amigos y bastante despreocupado por las cosas propias. Tenía fama de original y era de temperamento bohemio y de carácter algo arbitrario».

Su nieto Pío Caro Baroja publicó un libro en el que pone a salvo el recuerdo de su abuelo Serafín. 'Un abuelo fantástico' (Caro Raggio Editores) es un volumen escrito por «un nieto sentimental». En su prólogo, Pío Caro explica que su intención es acercarse a la figura de su abuelo recurriendo a «la arqueología, a lo que queda de su obra, a lo que escribió Pío en sus memorias, a las fotografías, caricaturas, o retratos que le hizo su otro hijo Ricardo, a lo que me contó alguna vez mi madre y a lo que escribió Julio sobre su personalidad».

Su otro nieto Julio Caro Baroja le recordaba así: «Mi abuelo pasó por la vida como un pájaro, riendo, cantando y haciendo cosas raras».

El joven liberal Serafín Baroja estudió Ingeniería de Minas en Madrid, lugar en el que conoció a numerosos liberales con los que compartía ideología. En 1868 viajó a la empresa onubense minas de Rio Tinto, donde trabajó durante algunos años. En una de sus libretas, rescatadas por su nieto Pio Caro, se encuentran notas y dibujos de su llegada a las minas de Río Tinto junto a su esposa Carmen Nessi. La pareja estaba recién casada cuando destinaron a Serafín a Huelva y allí nacieron sus hijos mayores, Darío y Ricardo. En las páginas de ese cuaderno hay datos sobre la vida en Río Tinto y vistosos apuntes a plumilla que recogen escenas de la mina y también del bautizo de Darío.

Después de Huelva, la familia se trasladó a San Sebastián, donde pasarían «siete años fantásticos» en los que Serafín se reencontró con viejos amigos, fue profesor de instituto y voluntario liberal en la Segunda Guerra Carlista. 

La afición más querida de Serafín Baroja era la escritura. Escribió novela, narración, crónica, artículo periodístico, poesía, canto, ópera y zarzuela y, además, tradujo algunas obras y fundó algunas publicaciones periódicas.

Amante del euskera y liberal, escribió poemas y textos para óperas que publicó en la revista Euskal Erria. Serafín Baroja publicó sus dos primeras obras cuando contaba veinticinco años: Los pillos de la playa (1865, novela) y Noveluchas y cuentos (1865, narraciones). En la primera se afirma que se trata de una obra escrita originalmente en eusquera; sin embargo, no hay prueba de ello, y es posible que la afirmación sea únicamente una táctica comercial. Siguiendo la costumbre del momento, publicó dos novelas por entregas: Entre Madrid y San Sebastián (Amores prosaicos) (en el periódico El Urumea, 1879) y De Chamberí a Madrid, 100 metros en 25 días (en el periódico La Voz de Guipúzcoa, 1895).

Fuera del campo literario, Serafín Baroja escribió y publicó decenas de artículos periodísticos. En 1876 comenzó a publicar escritos contra los carlistas en el periódico El tiempo de Madrid y a partir de aquel año su nombre fue habitual en la prensa liberal: escribió en El Eco de San Sebastián, en El Navarrio y en la mencionada La Voz de Guipúzcoa. 

Fundó junto a su hermano Ricardo Baroja el periódico El Urumea, periódico no político (1879) y poco después comenzó a colaborar en el semanario Bay, Jauna, Bay, donde se escribía tanto en eusquera como en español. Esta última publicación, sin embargo, no resultó exitosa: solamente se publicaron seis números. Unos veinte años después, Serafín Baroja preparó y publico otros cuatro números de dicha publicación, con el objetivo de ser repartidos en las panaderías junto al pan. Estas publicaciones han sido digitalizadas y se encuentran accesibles en la colección digital de la Red de Bibliotecas Municipales. 

El reconocimiento, sin embargo, no le llegó de la mano de esas obras: tuvo que esperar a una ópera titulada Pudente (1879), la primera ópera vasca, con partitura del maestro y amigo José Antonio Santesteban, ambientada en el mundo minero de la época de Trajano. Poco después apareció en Pamplona el drama breve Hirni Ama Alacab, que se vendió a tres reales y resultó ser un completo fracaso, ya que no se vendió ni un solo ejemplar. A esa obra siguieron la zarzuela Amairu Damacho [=Trece damitas] (de la que solo se publicaron dos partes), Luchi, opera Hiru Acotan (1904) [=Luchi, ópera en tres actos], aparecida como suplemento en un número especial de la revista Bay, Jauna, Bay que se imprimía en Madrid.

De San Sebastián viajó a Madrid y después a Pamplona. En esos años añadió nuevos episodios a su biografía inclasificable y bohemia. Trabó amistad con Julián Gayarre, escribió dramas y folletines, acometió la traducción del 'Lazarillo' al euskera, planeó momentáneamente la colocación de una bóveda plana de granito que cubriese la Puerta del Sol y fue detenido en Estella por ir cantando un zortziko (ritmo típico de baile popular tradicional vasco-navarro) por la calle en plena madrugada.

En 1886 instaló a su familia en Madrid, donde sus hijos podrían hacer sus estudios y moverse en la sociedad capitalina. Él por su parte viajó hasta Bilbao para ejercer como ingeniero jefe de minas de Vizcaya, lo que le permitía estar cerca de sus amistades de San Sebastián. Su hijo Pío le visitaría en Bilbao y le recordará instalado en las Siete Calles, en una pensión «de la calle llamada Barren Barrena», donde los huéspedes se sentaban en una mesa redonda «y hacían chistes, casi todos de bastante mal gusto».

Serafín Baroja era un hombre social y expansivo, propenso a las ensoñaciones y las carcajadas. Debía de pasárselo muy bien contando chistes picantes y cantando habaneras con sus amigos. Sin embargo, a su hijo Pío aquella no debió de parecerle una actitud propia de todo un ingeniero jefe de minas.

Pío Caro Baroja ofrece datos significativos sobre el peculiar modo de ser de su abuelo: «En pleno auge de venta de mineral de hierro, pudo hacerse rico, como se hicieron algunos de sus ayudantes, y rechazó algunas ofertas para fundar compañías mineras, como la que le propuso don Fermín Herranz, uno de los primeros editores de Pío, que le publicó 'La casa de Aizgorri' en 1900. Cuenta Pío que en una conversación durante una comida en la que fue testigo Ramiro de Maeztu, Serafín se las arregló durante todo el almuerzo para esquivar hablar del tema cuando Herranz quería plantearle el proyecto».

Después de su etapa bilbaína, Serafín Baroja regresó a Madrid y en 1891 se trasladó con su familia a Valencia, donde le ofrecieron una vacante de ingeniero jefe. En Valencia los Baroja vivieron días difíciles ya que allí murió el hijo mayor, Darío, un episodio doloroso que Pío Baroja apenas anota en sus memorias. De allí la familia viajó a Cestona donde Pío obtuvo plaza de médico. En aquella época padre e hijo hicieron juntos un viaje por Álava con el objeto de demarcar unas minas. Pío apunta en sus memorias que aquél fue uno de los viajes más agradables de su vida.

Los últimos años de Serafín Baroja transcurrieron entre San Sebastián y Madrid. En 1894 asistió en esta ciudad al estreno de una ópera cuyo libreto había escrito en su juventud. La obra se titulaba 'Pudente' y tenía un argumento, según Pío Caro, «absurdo y fantástico». La ópera se ambientaba en la Bética romana y sus protagonistas eran los habitantes de una colonia minera.

Fiel a su carácter imprevisible, pasados los sesenta Serafín Baroja tuvo tiempo de estudiar japonés, por ver si era verdad que tenía similitudes con el euskera. También regresó a una de sus grandes pasiones, la música, en especial el violonchelo, instrumento francamente poco manejable que, sin embargo, le acompañó en muchos de sus viajes.

También tuvo tiempo de presenciar los primeros éxitos artísticos de sus hijos Pío y Ricardo y, al parecer, no le costó demasiado hacer buenas migas con los amigos de éstos. Pío Caro cuenta cómo en 'Itzea' hay libros de Valle, de Ciro Bayo y de otros autores de la época dedicados cariñosamente a Serafín. No congeniaba tanto Serafín con los gustos literarios del joven Baroja. Chocaban especialmente al llegar a Galdós, autor que Serafín admiraba y al que Pío ponía muchos reparos.

La vida de Serafín Baroja fue rocambolesca e itinerante. Pese a ser ingeniero y desempeñar cargos de responsabilidad, se diría que rehuyó por instinto la posibilidad de hacer carrera y fortuna.

En la medida en que los años avanzaban, la fama de Pío Baroja superó a la del padre, hasta llegar a eclipsarlo. Es digna de recuerdo la frase que el propio Serafín hizo imprimir en su tarjeta de presentación: "Serafín Baroja. Padre de Pío Baroja." Serafín Baroja murió el día del Carmen de 1912 en la casa Itzea de Bera (Nafarroa), poco después de que la familia se trasladase allí para habitar la nueva casa.

Fuentes: euskomedia.org, donostiakultura.com; elcorreo.com